domingo, 7 de mayo de 2017

The domestic friend

Él tomaba su acostumbrada taza de café sentado en la mesa de la cocina mientras que ella leía el periódico. Él se perdía en sus vacilaciones como de costumbre y ella iba comentándole, en vano, lo más importante de la actualidad a la vez que enjuiciaba este loco mundo. Antes de llegar al último sorbo del café, Andrés rompió su habitual silencio diciendo: Querida, ¿qué vas a querer por nuestro aniversario? Ella, mujer nada consumista y aburrida de regalos inútiles, contestó: Para qué más regalo que tu incondicional amor. Ya no caben más figuritas en el mueble del salón, puedo vender pañuelos y bufandas, no utilizo las joyas por miedo a los vándalos y ya sabes que cada mes me compro un nuevo libro. Nada, no nos hace falta ningún regalo.

Así quedó el tema hasta que tras el almuerzo cuando ambos veían su telenovela preferida en el primer bloque de publicidad Sara se mostró entusiasmada ante el anuncio de un robot androide. The domestic friend era el nombre del producto. A su larga lista de positivas características había que añadir que estaba perfectamente programado no sólo para ejecutar casi a la perfección las faenas de la casa sino que además podía efectuar habilidosas funciones de fiel acompañante.

Eso, eso es lo que quiero. Dijo Sara de forma enérgica, convencida y convincente. !Pero, ese robot será carísimo¡ protestó Andrés. Se podrá pagar a plazos. Además para qué está el dinero, acaso no nos sobra. Espetó Sara.

Mateo fue el nombre con el que Sara bautizó a su guapo, elegante, dócil y amable robot androide. Después de días de encarnizada lucha con el manual para programar a su gusto las funciones de Mateo. La vida en la casa del matrimonio Vidal Levy experimentó un cambio radical. Mateo no sólo tenía la casa limpia como una patena y los armarios ordenados. El frigorífico repleto y con una asepsia digna de un quirófano sino que se había convertido en un magnífico compañero para Sara. Leían juntos la prensa en las horas de asueto, comentaban las últimas novelas e incluso iban juntos al gimnasio del barrio para que Sara mejorara su tono muscular y frenara los fuertes efectos de la osteoporosis que mortificaba sus sexagenarios huesos.

Aquella mañana estaban los tres tomando el desayuno en la terraza aprovechando la cálida mañana de Abril cuando Sara cayó en la cuenta, Mateo, hoy es tu aniversario. Andrés tenemos que hacerle un regalo a Mateo. Ya lleva un año con nosotros. Recordó Sara. Lo que tu digas mi amor, respondió Andrés. Rápido; con la rapidez que da un corazón cargado de una potente memoria RAM, Mateo aclaró. Oh no, por Dios, no necesito nada. El mejor regalo son ustedes y sobre todo usted, Sara.

!Qué disparate¡ Dinos ahora mismo qué te gustaría que te regalásemos. Y mañana saldremos de compras y es una orden ¿está claro Mateo? Está bien. Pensaré en algo que me guste y se ajuste a mis necesidades. Y con esta frase quedó el tema zanjado.

En la sobremesa mientras que Sara, Mateo y Andrés seguían con entusiasmo la telenovela. Durante la emisión de la publicidad, Mateo saltó de su sillón y señalando con un dedo la pantalla del televisor gritó: Esa, esa podría ser mi solicitud como regalo por mi primer aniversario.

Sara atónita veía como Mateo elegía una preciosa robot androide de última generación con un nuevo sistema mejorado que le daba cinco décadas de vida útil.

Sara miró triste a su marido Andrés quien no pudo disimular un gesto de irónica venganza, se encogió de hombros y tranquilizó a su esposa diciendo; no te preocupes amor pagaremos en cómodos plazos como hicimos con Mateo.

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