miércoles, 11 de mayo de 2016

La desmemoria asesina

A veces no sabía si el pez había comido. Cogía el bote de alimento preparado y repartía pizcas de esas diminutas hojillas de colores. La pequeña carpa aceleraba su subida para atrapar con su boca de O las escamitas esparcidas por la pecera. La desmemoria de su dueño era la mejor aliada de aquel pez común; había días que comía dos veces. Los sábados tocaba limpieza; como una liturgia repetida, él, tomaba temblorosamente el recipiente y ya en el lavabo, tiraba, dejando un dedo de agua, toda la suciedad. Ese día, se miró al espejo y el tiempo se detuvo... perdido navegó por un abismo de olvido. ¿Quién era, qué hacía allí? Un eterno porqué lo atravesó. Pasados unos minutos volvió. Todo tomó sentido, pero el pez anaranjado yacía en el frío y blanco lavabo. La desmemoria le jugó una última y trágica mala pasada. 

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