jueves, 22 de septiembre de 2016

El regalo de Raquel

De repente se topó con sus casi sesenta años y una basta carpeta de proyectos inacabados o por empezar. El frío cristal del espejo se enfrentó a él ofreciéndole un cara cansada, ajadada pero con restos de su característico atractivo, ese que le facilitó inolvidables tarde de éxito y experiencias únicas en más malas que buenas compañía. Ahora la desgana, la hojarasca de lo cotidiano y el saber que había consumido más de la mitad de su vida habían desplazado su innata pasión a un cansino dejar estar, dejar hacer. El teléfono vibró insistentemente hasta caer al suelo y fue entonces cuando lo cogió. -Papá te necesito-, fin del mensaje. Después de conducir toda la noche aquel abrazo y la mirada sincera de su hija, le obligaron a continuar. Amanecía y Raquel le regalaba su identidad. A partir de aquí era más fácil reconstruirse.  

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