jueves, 1 de diciembre de 2016

No ha lugar a la nostalgia

La alarma sonaba con sones de blues. Miró el reloj y escondió la cabeza bajo la almohada. Día duro, pensó. El blues dejó de sonar. Desconectó la alarma, comprobó los últimos mensajes y ojo avizor repasó la actualidad. Lo de siempre, se dijo. Un mes que dormía en soledad. Con el humo del primer té se escapaba el recuerdo de Juan acariciando su espalda. No ha lugar a la nostalgia, exclamó. Se alisó el pelo, maquilló su desánimo y bajó las escaleras. Última reunión y de vuelta. Ya en casa, se tumbó en el sillón aspirando la fragancia que Juan impregnó en aquel lugar de paz. Repitió el ritual y generosamente se sirvió una copa de brandy de Jerez. El líquido caoba se hizo arte en el cristal. Miró la fotografía. Ambos brindaban, celebraban su amor por las calles de Lisboa. Una lágrima cayó en la copa y en el primer trago notó como él le tarareaba al oído.

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