miércoles, 5 de febrero de 2014

El jefe

El silencio quedó roto por el aguacero. El viento sopló durante toda la noche como si quisiera solidarizarse con su rabia. Dormir, lo que se dice dormir no iba a ser posible y las vueltas de un lado al otro de la cama acabaría por dejarla rendida cuando la oscuridad es vencida por la primera luz de la mañana. Noticias de las ocho sonando a modo de despertador y un alarido de angustia retumbó en la habitación. Hay que levantarse, no hay otra. Ducha templada, café amargo y buscar en la calle una razón para seguir. El coche, un turismo corriente, no la boicoteó y arrancó a la primera. Ahora adentrarse en la selva de la autovía, soportar el caos del tráfico para llegar a la oficina y sufrir de frente al grasiento de su jefe; un enchufado sin escrúpulos que no desaprovechaba ningún resquicio para insinuarse e intentar manosear su esbelto cuerpo de mujer. A la mínima lo denuncio, sentenció. Encendió el ordenador y al instante sintió sobre su hombro el aliento cargado de la bestia. 

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