miércoles, 26 de febrero de 2014

Jamás te daré una segunda oportunidad

Cuando el amor es de verdad, no importa el sexo, el color del pelo ni las arrugas del alma de quien te enamoras. Sentados en la terraza del Café Central, Luis, cogidas las manos de la persona a la que juró amor eterno hacía más de dos décadas, confesaba que su amor por ella había dejado de ser de verdad. Tal vez la rutina, la previsible compañía, el tedioso entendimiento... Quizás, saberlo todo ya el uno del otro. Ahora, Esther, -continuó explicando Luis-, no puedo respirar cuando me cruzo con ella, me da vértigo rozar su cuerpo al coincidir en el ascensor, percibo su olor y la sonrisa cambia mi cara de amargado profesor, he perdido la cabeza, concluyó. Y se hizo un tiempo de silencio. Esther retiró sus manos de las de su compañero, tragó hondas lágrimas que querían aparecer y dijo: Jamás te daré una segunda oportunidad. Así, se fue, dejando un latente desasosiego.   

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