martes, 14 de febrero de 2017

Trabajar en vivir sin trabajo

El reloj analógico del salón estaba parado, marcaba las once y cinco, formando un perfecto triángulo isósceles. Ese reloj era una metáfora perfecta de su vida detenida. Si bien lo cotidiano era un no parar, ella sentía que tal actividad era pura ironía porque su mente enviaba desidia hacia cada neurona. 

El castigo de la crisis retumbó feroz dejándola sin empleo y de un minuto a otro la valía, el reconocimiento y el saber profesional corrieron calle abajo como corre el agua torrencial de la lluvia cuesta bajo hasta hundirse en el río del olvido. A partir de entonces tuvo que trabajar en vivir sin trabajo y esa tarea se hizo compañera de las mañanas, las tardes, los días, las semanas, los meses y los años; costumbre que fue rumiada como una pasta indigesta, aborrecible, amarga y difícil de tragar. Cayó el telón que puso fin a una obra y comenzó sin permiso otra cuyo guión ya no le pertenecía.

Controlar el desánimo, batallar contra los indicios de la depresión y espantar el mal ánimo pasaron a ser hitos destacados en la agenda cotidiana y entre lo peor estaba hacerse con los rebeldes quehaceres domésticos. Esas tediosas, terribles, reiteradas e ingratas faenas que no entrañaban nada de poética y que se alimentaban con hartazgo de toda la paciencia y la calma con la que intentaba levantarse cada mañana.

Al principio quiso no romper con el hilo conector del espacio laboral. Aquella zona de confort que, aunque con sus adversidades, retos y problemas, había sido el otro lugar donde acudir durante años. De modo que, iba a la misma cafetería donde desayunaba de lunes a viernes y tomaba café con la esperanza de encontrar a su antiguo jefe para ver si había un punto de retorno. Si bien, la escena terminaba convirtiéndose en un fuerte y denso nudo en la garganta que apenas si le permitía tragar la pequeña dosis del café expreso.

Optimista, pensó que igual de entre su lista de contactos una vez recibieran su curriculum saldría alguien que necesitara de una candidata responsable, trabajadora, entusiasta y emprendedora; ella. Comprobó, sin que el tiempo llegara a estirarse demasiado que de las pocas respuestas obtenidas, sólo algunas, la animaban a continuar sin bajar la guardia en la odisea de buscar un nuevo empleo.

Acostumbrarse a ser otra persona a ser ama de casa y madre sin desconexión implica perder la perspectiva de quien eres y pasa una factura incalculable que en ocasiones hunde al sujeto en profundidades desde donde el ascenso requiere ingentes cantidades de oxígeno y es por eso que algunos días le costaba respirar. Le dolía el corazón, el cuerpo, los ojos y sentía la telaraña que va encorsetando la capacidad de crear y entonces desfila delante de las narices de cualquiera un proyecto de escaso valor: el abandono.

Luchar contra el desabrigo de sentir parecer inútil ante la misma sociedad que antes la utilizaba como una pieza más del engranaje que hace funcionar el sistema, era difícil y agotador. Los picos de euforia se acompañaban de contundentes bajadas hasta las mazmorras de esa zona en cuya entrada cuelga el cartel de baja autoestima. Tras el análisis pormenorizado de los pros y ventajas de su vida, continuar se escenificaba algo más dócil. Pero el porfiado estado de ánimo de anulación permitía que la docilidad de los días fuera escasa.

En un gesto de rebeldía, aquella mañana de lágrimas coaguladas en la garganta y de tensión absurdamente contenida, buscó el título que certificaba bajo expresa firma de su Majestad Juan Carlos I, Rey de España (ese gran convidado gorrón del país y al que para nada le afectaban los crueles vientos adversos) y lo colgó en un sitio bien visible del salón para constatar que no era una subsidiada más.

Ella que fue capaz de emprender antes de los veinte años, que superó la zozobra que deja la ausencia de una madre y un padre arrebatados por la repentina y egoísta muerte temprana, que escaló las más altas montañas de adversidades para dar vida desde la suya, que tras un sin fin de rocambolas se licenció para ejercer una mítica profesión amada desde la infancia, ahora, no podía, no sabía cómo salir del pantano espeso del paro.

Las aguas estancadas de ese pantano al que había caído sin saber cómo ni porqué, inmovilizaban su capacidad de acción, su decisión resolutiva, en defintiva: la dinámica. Creemos que esas coyunturas o lapsos temporales que afectan a los demás nunca van a llegar a darnos el zarpazo. Pero llegan y rasgan a veces con heridas invisibles o tapadas a conciencia para que la debilidad no se muestre al exterior tan a pecho descubierto. Ella a diario trataba esas heridas y las aliviaba con cariño familiar, con el amor sosegado de los suyos.

El presente es ese tiempo que se enroca y huidizo nos obliga a no vivirlo con los cinco sentidos porque se acompaña de condicionantes como los recuerdos o nostalgias del pasado o la incertidumbre y los anhelos para el futuro. Así en ese presente detenido de su condición de exilio laboral ella no podía vivir el ahora porque los mejores tiempos del pasado la fijaban a un suelo estático y vallado. Sentía rabia de no tener las bonanzas del ayer y le agobiaba no saber, no encontrar el modo de rentabilizar su saber para mantenerse económicamente como antes. Esos son dardos que envenenaban su sangre debilitando el oxígeno cotidiano del que respirar.

Y así pasaban los años a la vez que llegaba la costumbre, esa aliada. Sombra pegada al alma que suele ayudar a caminar con la carga a cuesta y tiene por afán eliminar los elementos de sorpresa que estén por llegar. Pero como dice el refrán, Quien tuvo retuvo y luego de las largas y repetidas noches sin sueño, de agrios días y de esa inquietud que gobierna a los no satisfechos, decidió dejar partir el dolor y el lamento y como quien quiere quitarse el lastre que los años imprimen en la piel, se maquilló con pigmentos de luz y esperanza y renovó una juventud secuestrada por el desaliento. Todo este periplo lo había tenido delante de sus ojos. Recordó consejos amigos y visualizó un futuro por llegar. En esa imagen no cabía el miedo; el suspense de lo incierto huía.

Decidió reinventarse. Dar salida a esa moderna palabra tan usada por los modernos y modernas coachs; flamantes tahures que como aquellos decimonónicos vendedores de crece pelos y alquimias varias, van directo a reflotar la idiotez que habita en los momentos de debilidad ante los aires difíciles y ante los ciclos enemigos que atravesamos.

Su mejor herramienta para esa re-invención era la palabra. Ella que tanto había escrito para los demás que se ganaba la vida guionizando, documentando y dando palabras a pobres de vocabulario, decidió creer en sí misma y empezar a ser la escritora que había sido desde el primer día que descubrió que unir letras era parte de su acuerdo vital.








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