viernes, 24 de febrero de 2017

Segundo útero



De tan difícil que era lo fácil resultaba no hacer nada para que todo siguiera igual. Por eso se limitaba a mirar tras las ventanas la vida que ocurría más allá de su recinto de confort. No siempre fue así. Antes solía recorrer la casa sin problemas; acudía a la cocina, se sentaba en el sillón orejero del salón e incluso veía la televisión desde ese lugar, eso sí, por poco espacio de tiempo. Hasta era capaz de salir a la terraza y observar las macetas y plantas. Incluso hubo veces en que se sentó en el escalón de la puerta de salida y al notar que comenzaban a sudarle las manos volvía rápido al interior.
Pero ahora, hacía ya varios meses, las crisis de miedo a grandes espacios se acrecentó de manera que sólo salía de su habitación en contadas ocasiones; ir al baño, coger algo de la nevera o subir por algún libro a la biblioteca que con tanto mimo, esfuerzo y el paso de los años había compilado en el ático de la casa. Hasta ahí llegaba su escasa capacidad a enfrentarse a los límites que le imponía tan acusada agorafobía. Su madre, próxima a cumplir los setenta lloraba lágrimas amargas cada vez que tocaba en la puerta del cuarto para llevarle comida, ropa limpia o cualquier recado de importancia. Él, lejos de esas cuatro paredes convertidas en su especial planeta no hallaba interés. Aquel NO rotundo que le soltó Javier, su mejor amigo, compañero y con quien pensó pasaría el resto de sus días, lo enclaustraron sine die a buen recaudo en el hogar materno. Había convertido su habitación en su segundo particular útero. Lugar del que no volvería a salir otra vez.


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