
De tan difícil que era lo fácil resultaba no hacer nada para que todo siguiera igual. Por eso se limitaba a mirar tras las ventanas la vida que ocurría más allá de su recinto de confort. No siempre fue así. Antes solía recorrer la casa sin problemas; acudía a la cocina, se sentaba en el sillón orejero del salón e incluso veía la televisión desde ese lugar, eso sí, por poco espacio de tiempo. Hasta era capaz de salir a la terraza y observar las macetas y plantas. Incluso hubo veces en que se sentó en el escalón de la puerta de salida y al notar que comenzaban a sudarle las manos volvía rápido al interior.