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Su padre por contra, veneraba cual Romeo impenitente la extensión heredada. De la tierra procedemos, a la tierra volveremos y a ella debemos lo que somos, sentenciaba el viejo cosechador cuando advertía la desesperación de su hijo ante la ingente tarea de recolectar la siembra. Con rumiada obediencia, Ginés, tachaba días en el calendario esperando dejar atrás la armonía callada de aquellas hectáreas.