jueves, 28 de noviembre de 2013

Granada, tierra soñada por mí

Esta mañana me he despertado con una sonrisa dibujada en mi cara, he necesitado unos segundos para tomar conciencia de que no estaba en una habitación rodeada de platos y ceniceros de loza que contuvieran mensajes divertidos y refranes alrededor de uno central, “Dale limosna mujer que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”, me he levantado con la euforia momentánea que te da el haber revivido durante toda una noche dulces recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos en un pueblo de la sierra granadina donde todo se reducía a ese “perimundo”, no había nada más, no existía nada fuera de esas cuestas empinadas y ese olor a limpio de Alfacar, durante esos días de verano sólo contaba mi tío Antonio que llenaba de luz todo lo que rozaba y si ese año coincidía que mi abuela se apuntaba al peregrinaje, ambos formaban el tándem ideal asegurando eternas tardes de diversión y risas continuas. Me he levantado oliendo a parras y a cloro de piscina, escuchando al panadero pregonando su llegada cargado de tortitas de chocolate y aceite, agotada ante partidas interminables de ping-pong, sintiendo la desazón porque sonara el chirrido de la puerta de forja de la entrada y se escucharan los pasos de mi amigo Javi subiendo los escalones de dos en dos, he caminado junto a mis hermanos por una senda estrecha y sinuosa que llevaba a Fuente Chica plagada de moras de todas las cromías, granas, moradas, verdes, y, cómo no, he soñado una noche de luna llena en Fuente Grande…
"¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son…"
Un microrrelato de Sol Acosta Puertas.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Las reglas del juegos

Si mi infancia hubiera sido otra... yo no sería la misma. La libertad de correr y trepar cerros, descubrir caminos casi prohibidos en senderos donde sólo había arboles que tapaban la visión segura del hogar. Inventando juegos imposibles, sin final, sin reglas escritas. Mi prima casi hermana, mi hermano, todo para mi. Lealtad y coraje a la vez. La distancia difumina los detalles pero el sentimiento del recuerdo vivido permanece. Y hoy que mi hijo juega entre sus cuatro paredes de ficción, no veo la manera de transmitirle que la niñez es la vida en estado puro, la emoción del caracol con cada nuevo sol. Quiero que se marque a fuego en su impronta la gran aventura de ser niño y que su mirada atrás le evoque simplemente un golpe de aire fresco... una brizna de felicidad acaso atrapada por sus pequeños y perfectos dedos.
Para ti Miguel.
Un microrrelato de Maica González Serrano. 

Hombre Bala

Es curioso que hoy ya casi nadie recuerde que fue un argentino el primero en volar al espacio. A principios de la década de los ochenta, todavía había muchos circos que se instalaban para deleite de los chicos, y el número del hombre bala era uno de los más esperados. Una tarde, estaba con mi familia, sentado en la platea, y vi volar a un hombre, tan argento como el mate y el dulce de leche, y no sé si mi memoria infantil me estará fallando, pero yo recuerdo que lo vi volar al espacio.
Un microrrelato de Luciano Doti.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Próxima Estación

El traqueteo del tren no le dejaba conciliar el sueño. Hacía horas que la monótona cantinela del vaivén la mecía en vano. La imagen de su figura en el andén la golpeaba una y otra vez. Cada vez más pequeño, cada vez más ausente; cada segundo que lo aleja me acerca a él, al destino incierto de un viaje a la esperanza, cargada de consejos enlatados, salvada por los ojos profundos que hablan en silencio de la espera, de la suerte, del amor...
Notó como alguien le tocaba el hombro insistente. -Mademoiselle- ¡Nous arrivons a Marseille!
Un microrrelato de Maica González Serrano.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Animal

Cuando los soldados se retiraron sólo nos dejaron destrucción y muerte en lugar de la prometida paz. Al principio la solidaridad ayudaba a soportar la desolación, pero pronto la necesidad se convirtió en un látigo que nos impulsaba al salvajismo. Los pillajes acabaron al mismo tiempo que se acabó cualquier tipo de alimento. En semanas, la enfermedad hizo caer a mi compañera, a la que entre lágrimas aproveché como pude. Me había propuesto entonces conservar la cordura por más tiempo aunque sólo fuera por mis hijos, pero con ellos ha sido aún peor. Extinguida la civilización a mi alrededor y la humanidad en mi interior, sólo me queda el hambre. Es lo único que siento mientras termino a mi hija pequeña.  Eso y la viscosidad de su sangre.

Un microrrelato de Pedro José Pedrero Otero.

Imaginario

Imaginario
El tiempo y las palabras ayudan a entendernos