jueves, 21 de noviembre de 2013

Animal

Cuando los soldados se retiraron sólo nos dejaron destrucción y muerte en lugar de la prometida paz. Al principio la solidaridad ayudaba a soportar la desolación, pero pronto la necesidad se convirtió en un látigo que nos impulsaba al salvajismo. Los pillajes acabaron al mismo tiempo que se acabó cualquier tipo de alimento. En semanas, la enfermedad hizo caer a mi compañera, a la que entre lágrimas aproveché como pude. Me había propuesto entonces conservar la cordura por más tiempo aunque sólo fuera por mis hijos, pero con ellos ha sido aún peor. Extinguida la civilización a mi alrededor y la humanidad en mi interior, sólo me queda el hambre. Es lo único que siento mientras termino a mi hija pequeña.  Eso y la viscosidad de su sangre.

Un microrrelato de Pedro José Pedrero Otero.

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