El silencio quedó roto por el aguacero. El viento sopló durante toda la noche como si quisiera solidarizarse con su rabia. Dormir, lo que se dice dormir no iba a ser posible y las vueltas de un lado al otro de la cama acabaría por dejarla rendida cuando la oscuridad es vencida por la primera luz de la mañana. Noticias de las ocho sonando a modo de despertador y un alarido de angustia retumbó en la habitación. Hay que levantarse, no hay otra. Ducha templada, café amargo y buscar en la calle una razón para seguir. El coche, un turismo corriente, no la boicoteó y arrancó a la primera. Ahora adentrarse en la selva de la autovía, soportar el caos del tráfico para llegar a la oficina y sufrir de frente al grasiento de su jefe; un enchufado sin escrúpulos que no desaprovechaba ningún resquicio para insinuarse e intentar manosear su esbelto cuerpo de mujer. A la mínima lo denuncio, sentenció. Encendió el ordenador y al instante sintió sobre su hombro el aliento cargado de la bestia.
miércoles, 5 de febrero de 2014
viernes, 31 de enero de 2014
El pianista
A pesar de las prisas, no llegó a tiempo de coger el tren. De nada sirvió invitar al taxista a sobrepasar los límites de velocidad a cambio de una buena propina. Bajó las escaleras mecánicas de la estación y el tren se perdía en la distancia. Era el signo de su vida, su sello, su carácter; llegar tarde a todos sitios. Se retrasó incluso en su cita con la vida puesto que nació diez días después de la fecha prevista. No vio nacer a su hija por causas de los minutos que por descuidos, encuentros y azares hicieron que perdiera un avión de regreso a casa después de una dura semana de negociaciones con la central de su empresa. Faltaban horas para la salida de un nuevo AVE y de repente pensó, se acabaron las horas, los plazos, los tiempos, las citas, el deambular por aeropuertos y estaciones y las cansinas llamadas. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta pidió un gin tonic en la cafetería más próxima, cogió el periódico y retomó su costumbre de empezar a leer de atrás hacia adelante, de la última página al principio. Encontró aquel anuncio. "Se busca pianista para club nocturno". Y, cambio su vida.
Un microrrelato de Ana Muñoz Cubero.
domingo, 19 de enero de 2014
Ángel

Un microrrelato de Ana Muñoz Cubero.
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miércoles, 15 de enero de 2014
Esperanza
La resistencia se hace fuerte, atrincherada en cloacas pestilentes. Sabía a ciencia cierta que aquel hombre era la encarnación de la mentira, el espíritu de un ocaso negro e incierto, donde cada uno de sus poros ardían rebosantes de ingratitud. Sumisión y derrota son ahora sus directrices, acompañado de un largo etcétera de desdichas, ecos y derrumbes. Una vez instalado en la más absoluta de las soledades, en la cúspide de la estulticia, amparado por la masa inmisericorde y desagradecida emprendió su cometido y envolvió la esperanza ya muy débil, raquítica y herida de muerte, sepultada para siempre entre las tinieblas y ahora más que nunca invocamos a lo más profundo del ser, donde alguna vez germinó la semilla incipiente de un proyecto de alma. Que desde allí alcance la lucidez casi irreverente de devolvernos la confianza por fin y de una vez dote de significado coherente y veraz a la esperanza.
Un microrrelato de Maica Conzález Serrano
miércoles, 8 de enero de 2014
La conquista del paraíso?
Caminando llegó por un sendero estrecho a una inmensa llanura, ¿desolada?, ¿infinita?, tal vez sencilla pero poco estimulante, pensó. La tarde caía y brillaban las primeras estrellas que le acompañarían en una noche de desvelo a cielo descubierto. Sin más mapas ni coordenadas que el instinto, caminar tantos días y tantas noches tendría que deparar un resultado de éxito. Lo que no sabía era que a pesar de las advertencias, a pesar del nebuloso sueño de la conquista del paraíso, se toparía, sin remedio, antes de llegar a la nueva tierra prometida, con miles de metros de alambradas, adornadas de un modo macabro con hirientes y degradantes cuchillas donde dentellarse la piel, era sí o sí, un trámite a cumplir. ¡El precio del progreso!, suspiró. Lo intentaré cuando el miedo remita y el corazón palpite lento.
Un microrrelato de Ana Muñoz Cubero.
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