jueves, 10 de octubre de 2013

El niño y el rápido de media noche

El tren pasaba a la velocidad acostumbrada mientras desde la casa alejada, el niño despedía aquel caballo veloz y metálico que se perdía sin remedio tras la boca oscura del túnel. La monotonía de ese paisaje eterno era roto por el moderado ruido de los trenes modernos. No había más que el trazado ferroviario, el campo sembrado a ambas vías y en el altozano la casa labriega para romper la inevitable regularidad del espacio. Metódicos, puntuales y cotidianos los trenes sacudían, una a una las hojas del calendario para testificar el crecimiento de un niño que una mañana de espesa niebla, cuando su estatura no le permitía atravesar la puerta sin agachar la cabeza, no pudo soportar la carencia de esa visión acostumbrada; el tren, esa máquina perfecta desfilando al fin ante sus ojos. Ayudado con una linterna de potente foco de luz, con paso decidido avanzó, oía su vehemente jalar y la bocina retumbar en su corazón. Próximo a la boca del túnel el abrigo de bruma espesa lo empujó hacia la cabina y a partir de ahí, viaja sin descanso en el rápido de media noche.
Un microrrelato de Ana Muñoz Cubero

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